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A lo largo de la historia de la humanidad el comercio ha
sido una actividad primordial para el desarrollo de las
sociedades. Al igual que las civilizaciones la forma de
comerciar ha evolucionado, pero la auténtica naturaleza,
la razón primera, que llevó a unas personas a
intercambiar mercaderías con otras, no ha cambiado. Este
motivo no es otro que el deseo de satisfacer una serie
de necesidades que han emanado del ser humano y que, por
tendencia natural, desea satisfacer.
Este razonamiento se ha aplicado, de forma consciente o
inconsciente, hasta que a principios del siglo XX se
empezaron a desarrollar y a plasmar los primeros
estudios sobre mercadotecnia, coincidiendo con el
crecimiento vertiginoso del comercio a escala mundial.
Muchas de estas teorías fueron el germen del marketing
moderno, concebidas en Estados Unidos –principalmente- y
en Inglaterra y Francia.
Poco a poco las empresas descubrieron que la adopción de
una filosofía comercial con orientación al marketing era
la fórmula para competir con éxito en mercados cada vez
más competitivos y con compradores cada vez más
exigentes. Las empresas que tienen esa filosofía de
marketing implantada en su estructura “no hacen
marketing”, el marketing es en sí la fórmula comercial
de la empresa, y todas las actividades que conforman la
organización gravitan en torno a aquella filosofía,
adaptándose y orientándose en todo momento al cliente.
El desarrollo del marketing internacional ha ido en
paralelo al del comercio internacional y al de la
internacionalización de la empresa, precisando de una
orientación estratégica por parte de ésta que permita el
desempeño de la función comercial internacional mediante
el plan de marketing internacional. Es el proceso de
internacionalización de la empresa el que da sentido al
marketing internacional. Este proceso es evolutivo,
basado en todo momento en la madurez internacional de
las organizaciones. Cuanta más madurez, más autónomo
será el marketing internacional que se aplique.
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